Si la Constitución portuguesa de 1976 fue la última Constitucióncial fuerte del continente, la española de 1978 se configuró ya como una Constitución de transición que, a despecho de algunos elementos socializantes, incorporaría otros claramente ligados al nuevo momento neoliberal. El nuevo texto expresaba en parte las luchas contra el franquismo, pero no era un texto de ruptura [...]. Se trataba, más bien, del producto de una transacción con los sectores reformistas del régimen que, asegurándose su hegemonía, aceptaron el tránsito hacia una monarquía parlamentaria [...]. Con este trasfondo, la "Constitución explícita" de 1978 vino conformada por una "Constitución tácita" en la que ciertos elementos políticos, económicos y militares del antiguo régimen mantenían un peso indiscutible.

Gerardo Pisarello, Un largo Termidor. La ofensiva del constitucionalismo antidemocrático, ed. Trotta, 2011, pp. 176-177.
 


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