En las próximas semanas se publicará en la veterana y combativa Utopía. Revista de cristianos de base un dossier sobre desobediencia en el que participo, con un texto breve del que anticipo aquí un fragmento:

"Existen sin embargo interpretaciones más abiertas, que aspiran a describir el amplio espectro de acciones políticas posibles al margen de la participación institucional, de un lado, y del conflicto armado, del otro. Esta desobediencia ampliada puede negar, no solo la norma legal, sino la legitimidad del legislador, y puede aspirar a la transformación estructural de la sociedad, esto es, puede ser ejercida con fines revolucionarios. Y no se distingue tanto de la violencia en abstracto como de la guerra civil, de la que viene a ser una especie de contrafigura. Esta desobediencia en sentido amplio rechaza el enfrentamiento cruento y directo entre fuerzas armadas formales o informales, pero no excluye el recurso a formas heterogéneas de noviolencia activa, autodefensa, sabotaje y otras.

En tanto lo que les divide puede ser un desacuerdo estructural sobre la forma económica y política de la sociedad, poder constituido y sujeto desobediente bien pueden entenderse, en los casos más extremos, como los bandos de una guerra civil que no llega a estallar, debido a la decisión de los desobedientes de enfrentar el conflicto con medios distintos a los de la guerra civil (ya por principios ideológicos, por conveniencia estratégica o por ambos a un tiempo), sin por ello renunciar a sus máximos objetivos. A esta desobediencia ampliada se la ha denominado, para distinguirla de la desobediencia civil, «desobediencia social», y es la forma más notoria y pujante de la acción política contenciosa contemporánea".
 
 
Si la Constitución portuguesa de 1976 fue la última Constitucióncial fuerte del continente, la española de 1978 se configuró ya como una Constitución de transición que, a despecho de algunos elementos socializantes, incorporaría otros claramente ligados al nuevo momento neoliberal. El nuevo texto expresaba en parte las luchas contra el franquismo, pero no era un texto de ruptura [...]. Se trataba, más bien, del producto de una transacción con los sectores reformistas del régimen que, asegurándose su hegemonía, aceptaron el tránsito hacia una monarquía parlamentaria [...]. Con este trasfondo, la "Constitución explícita" de 1978 vino conformada por una "Constitución tácita" en la que ciertos elementos políticos, económicos y militares del antiguo régimen mantenían un peso indiscutible.

Gerardo Pisarello, Un largo Termidor. La ofensiva del constitucionalismo antidemocrático, ed. Trotta, 2011, pp. 176-177.
 
 
Cierto es que los cañones se compran con dinero del pueblo: cierto también que se construyen y perfeccionan gracias a las ciencias que se desarrollan en el seno de la sociedad civil, gracias a la física, a la técnica, etc. Ya el solo hecho de su existencia prueba, pues, cuán grande es el poder de la sociedad civil, hasta dónde han llegado los progresos de las ciencias, de las artes técnicas, los métodos de fabricación y el trabajo humano. Pero aquí viene a cuento aquel verso de Virgilio: Sic vos non vobis! ¡Tú, pueblo, los haces y los pagas, pero no para ti. Como los cañones se fabrican siempre para el poder organizado y sólo para él, la nación sabe que esos artefactos, vivos testigos de  todo lo que ella puede, se enfilarán sobre ella, indefectiblemente en cuanto se quiera rebelar. Estas razones son las que explican que un poder mucho menos fuerte, pero organizado, se sostenga a veces, muchas veces, años y años, sofocando el poder, mucho más fuerte, pero desorganizado, de la nación; hasta que ésta un día, a fuerza de ver cómo los asuntos nacionales se rigen y administran tercamente contra la voluntad y los intereses del país, se decide a alzar frente al poder organizado su supremacía desorganizada".

Ferdinand Lassalle, ¿Qué es una Constitución?, 1862